Sobre mí…

¡Hola!

¡Bienvenid@ a mi locura pastelera, me hace mucha ilusión tenerte aquí!

Me llamo María y estoy  loca por la repostería.

Hacer pasteles me pone de buen humor. Si tengo mantequilla en la nevera me invade la sensación de que todo es posible.

El chocolate, el azúcar, la fruta, la vainilla, todo mezclado, batido y amasado ¡Me hace feliz!

Me encantan los dulces, me encanta imaginarlos, prepararlos, y una vez terminados ¡Mirarlos!

Pero, fundamentalmente, me encanta comérmelos.

Me parecen mágicos ¡Me dan buen rollo!

Me ilusionan, no sé cómo explicarlo…¡Nunca me canso!

Me vuelven muy loca las cosas bonitas, y pierdo la cabeza si están cubiertas de sprinkles, lunares, colores brillantes…

Soy una loca golosa, siempre lo he sido.

Me encanta hacer bizcochos, es lo que más me gusta, imaginar qué tartas haré;  tradicionales o súper raros, del mundo o de los que hacía mi abuela ¡Me encantan los dulces!

Creo que me sobra Nutella y me falta vergüenza cuando de dulces se trata, pero no me importa. Porque ¿Quién necesita vergüenza teniendo Nutella?

Por todas estas razones soy, irremediablemente, pastelera. Caserita y novatilla, con un vicio muy malo por los libros de repostería, que cada vez que espera a que llegue uno, se pega a la puerta o corre a correos un sábado a las 8 de la mañana.

Pero, para empezar por el principio, lo que nunca empecé por el principio son los libros de cocina de mi madre , es que ni uno. Todos están desgastados por el final, porque yo iba a lo importante: LOS POSTRES.

De la niña pastelera (y redonda) que fui, me quedaron los bizcochos mágicos de limón de mi tía y su súper poder de montar claras a punto de nieve a mano en 5 minutos. Los plum cakes de mi madre y los sábados por la tarde haciendo,  y comiéndonos luego, esos bizcochos densos, llenos de fruta, frutos secos y todo lo que se nos ocurriese ponerle dentro. Gripamos aquella batidora que no tenía varillas ¡Ni falta que nos hacían!

Pero  mi sweet true love y yo tuvimos que separarnos, porque como no tengo hartura (que diría mi madre) tenía la manía de, después de hacer una tarta, comérmela entera…y el endocrino empezaba a mirarme como diciendo: Eh…¿Me estás vacilando?

Abandoné mi amor por la repostería y los dulces; y, aunque la pastelera de mi barrio echó de menos mi contribución a su sueño de tener una casa en la playa, así pude conocer otros amores de mi vida…¡Como las manzanas verdes! ¡Las proteínas magras! y ¡El fitness!

Durante años no hice tartas, ni dulces, ni galletas…ni nada.

Desarrollé el súper poder de mirar dulces sin comerme ni una miga. Cual merodeadora de bakeries, acosaba en la distancia a mi antiguo amor, pegando la nariz a los escaparates de las pastelerías soñando que me llenaba con mirarlos. Y es que ¡Me encantan! Aún me voy de pastelerías, y me pego a los cristales, hasta que los que están dentro, comiendo tranquilamente, me miran raro ¡Pero como perdí la vergüenza rebañando tarros de Nutella, pues allí me ves, mirando a gente disfrutar del desayuno!

Un día, hace sólo unos pocos años, hice un brownie para mi chico. A él le encantan los dulces, y cuando empezamos a estar juntos, ví que siempre tenía en casa dulces caseros que le hacía su madre. Tantas veces le dije que un día le haría un brownie, que no me quedó más remedio que hacérselo.

Saqué mis varillas, viejas, olvidadas, roñosas las pobres, del fondo del galimatías cocinero que mi madre alimentaba en su cocina con tapones de corcho usados y abridores infinitos; las rescaté del olvido de los condenados al destierro, y volví al partido por un buen motivo: hacer un brownie de amor.

Compré un molde gorrinero, que aún conservo por eso de la nostalgia…y del Diógenes, e hice un brownie, lleno de corazónes, sprinkles, chocolate ¡Que felicidad madre mía!

Y, como un adicto lo es para siempre, con una sóla recaída la locura pastelera me llenó por todas partes, el gigante dormido se despertó y hasta hoy; que no sé si tengo una pasión pastelera o es ella quien me tiene a mí.

Mi pasión total es hacer dulces. Llevo en mi interior a un monstruo goloso que nunca se cansa de hornear, gozo atesorando azúcar, comprándome cachibaches y los libros de cocina amenzan con tomar la casa, pero ¡Me encanta!

Mi chico ha aprendido a vivir con mi monstruo pastelero. Creo que es porque sabe que el monstruo viene con un bizcocho bajo el brazo.

Acepta nuestros tres armarios dedicados a ingredientes, moldes y cacharrería repostera, me escucha hablar súper motivada de cómo creo que añadir 50 gr. más de lo que sea, a lo que sea, producirá no sé qué efectos mágicos y lo cambiará todo ¡Y me sigue el rollo!

Y, aunque yo le devuelvo su paciencia en forma de dulces, creo que nos acepta a mi monstruo y a mí porque…¡Le encanta comer pasteles!

Mi monstruo y yo le aceptamos por lo mismo, así que hacemos un buen equipo.

¡Si hasta ha aprendido qué es una espátula de codo! El hombre que para hacer una tortilla de patatas echa las patatas crudas y los huevos a la vez en la sartén, sabe lo que es una espátula de codo y entiende que tener una Kitchen aid en una cocina de 2 metros cuadrados es una necesidad básica; y yo me muero de amor, claro ¿Qué más puedo hacer?

Tan grande es mi monstruo pastelero, que en mi casa somos tres, mi chico, mi mostruo y yo.

El monstruo se levanta los domingos a las 8 para hacer bizcochos, compra libros de repostería a escondidas y los apila en los rincones, se pone muy nervioso cuando hay menos de un par de kilos de chocolate en casa y piensa que el horno es sólo suyo.

Yo soy muy feliz cada vez que puedo dedicarme a hacer pasteles y las horas pasteleando se convierten en días (que debería estar dedicando a cosas súper profundas y/o productivas); pero, no soy yo, yo quiero ser responsable y leer filosofía, es el monstruo; aunque yo nunca le digo que no cuando me dice: “…mmm, tenemos un bote de dulce de leche  en la nevera…¿Y si hacemos un bizcocho en lugar de la declaración de la renta?”,

Mi chico ha aprendido a querernos a los dos, siempre que se respete su estatus de catador oficial.

Así vivimos los tres. Y me encanta.

¡Muchas gracias por estar aquí (y por leer hasta aquí, que ya tiene mérito)!

Gracias y ¡Feliz día!

 

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